El reencuentro

Ella era una de las chicas más bonitas que había en la playa en ese momento. Sedoso pelo color caoba, cara de niña traviesa con grandes ojos castaños y unas medidas que envidiaría la más perfecta de las top-models.

Tomaba el sol tumbada en una toalla playera con motivos marineros, boca abajo, sin la pieza superior del diminuto bikini rojo.



El era un cutre ligón de playa, uno de esos bocazas que se creen irresistibles porque se han acostado con las cuatro golfas del pueblo. Desde que se separó de su mujer - una sufridora típica a la que le tocó la papeleta de ponerse a fregar escaleras para sacar adelante a sus tres hijos - dedicaba los veranos a intentar el ligue fácil en la playa.



Ella había discutido con su novio esa mañana. Sólo le apetecía estar sola y sentirse acariciada por los rayos solares, escuchando música y leyendo una revista.



El se bebió dos tercios de cerveza en el chiringuito playero antes de ponerse a caminar sobre la arena caliente, luciendo un bermudas Fraga-Palomares, columpiando su barriga sebosa y mirando descaradamente a las chicas en top-less.



Ella sintió que alguien se había parado a menos de un metro de su toalla. Oía su respiración fatigosa. Y ese alguien empezó a soltar estupideces:



- Hola, guapa, estás solita?... Sabes que tienes un cuerpo maravilloso?... Oye, si tú quieres te pongo la cremita en la espalda. Cómo te llamas?... Yo soy Gilberto.



Ella se giró y le observó con una expresión en la que se mezclaban la repugnancia y el sarcasmo.



- Joder, papá, quince años sin vernos y te encuentro convertido en un viejo verde que babea por la playa!... Menudo Sánchez Dragó estás tú hecho!



La expresión en él era de "glub!", "arena trágame!" y "soy un mierda"



(Para el "Concurso de relatos veraniegos" de El Periódico del Prat)